Desde el espejo.
Escrito el 24 abril 2007 por amanda y clasificado como ,

Cinco mensajes en el contestador. Suena el teléfono de nuevo. No lo cojas, ya sabes qué van a decirte. Que se acaba el plazo. Hiciste tu apuesta, aseguraste que lo entregabas ayer y te apremian para que no te demores. No estás en condiciones. No hagas caso. Sin pensarlo dijiste que sí, aceptaste el reto sin apenas planteártelo. Una mujer que se mira en el espejo y describe lo que sus ojos contemplan. Eso, aseguraste, en cinco minutos está hecho. Y ahora te encuentras al límite del tiempo, sin nada que entregar para ese número de la revista. No van a parar las máquinas por ti, debes hacer algo. Mañana es el último día, al menos has de intentarlo.
“Es un buen momento, ahora que nos dejan aquí a las dos a solas, sin otra cosa que hacer más que, enfrentadas, mirarnos en silencio, cuando, sin haberlo buscado, te tengo a mi merced, para empezar a contarte lo que siento. Lo que tú sientes y no te atreves a pensar.”
Escribes un párrafo. Te quedas vacía. No acabas de ver lo que habías imaginado que seguía. Lo lees. Lo tachas. Lo estrujas. Lo arrojas. Suspiras.
Un primer párrafo que no vale ni el papel en el que ha sido escrito. Repasas la teoría. Esos manuales que, después que te dieran la oportunidad, te has obligado a comprar. Te pierdes en la infinidad de conceptos que, te dicen, no has de aprender, sino asimilar. Intentas entender las técnicas, los estilos, los ritmos, los tonos, los narradores con nombres extraños, los principios y los cierres… parece que se acabó la etapa de escribir con naturalidad.
Coges otra cuartilla y lo vuelves a intentar.
“Lo primero que ves ahora que me miras es lo que menos te gusta de mí. El semblante serio, la mirada adusta, cansada, las arrugas que deforman la fina línea que queda de lo que fueron mis labios, dándome un aspecto triste y abatido, porque parecen incapaces de remontarse para volver a sonreír. Mi imagen. Tu reflejo. Ya sabes que desde este lado del espejo no se puede mentir.”
Te angustias. Las palabras salen de tus manos, pero no consigues reconocer tu voz.
Mintiendo desde el espejo. Porque eres incapaz de inventar mentiras creíbles, ahora que conoces las reglas, no puedes seguir. ¿Qué pensabas? ¿Que era sencillo escribir? Una idea, un empujoncito desde el que salía la historia, alguna víscera desbocada, una gran dosis de compulsión, una buena base de gramática, una redacción casi infantil… y la primera vez que no te sale de carrerilla, te estrellas. Tampoco este párrafo te ofrece una imagen desde la que continuar. Lo tiras y vuelves a suspirar.
“Puede que ahora pienses que no te reconozco mientras me miras, pero es que no me gusta lo que me obligas a ver.”
No encuentras el hilo adecuado con el que hilvanar. Porque lo tuyo siempre ha sido un simple ejercicio de enhebrar, coser y cantar.
El tono de reproche no te parece tampoco un buen comienzo. Ni ese falso lirismo que no va contigo. Este ejercicio, lo sabes ahora, no te va a resultar fácil. Te pones delante del espejo, esperas, confías en que algo te dirá. Tenías la historia en la cabeza, y llevas cinco días sin adelantar, escribiendo y desechando a la misma velocidad. Cada vez que crees que has acertado, aplicado todas las reglas, hecho todos los análisis y corregido todos los fallos, comprendes que no has acabado. Te das cuenta de que te quedas con una historia, aunque correcta, invisible, vacía, nada que ver con lo que querías contar. Con esa primera trama que te deslumbró en cuanto viste la propuesta, y que, al fin, eres incapaz de narrar.
Te tranquilizas. Lo intentas a todas las horas, en todas las posturas y todos los rincones que se te ocurren, con bolígrafos de todos los colores y papeles de todos los tamaños y texturas.
Después de varios borradores, cuando, ya desilusionada, vaciada la papelera, escondidos los manuales y guardado el diccionario, tropiezas con otro argumento, lo intentas por última vez. No quieres dedicarle ni un minuto más. Lo escribes. Lo editas. Lo cortas. Lo pegas. Lo adjuntas. Lo envías. Suspiras. Ya está.
Esta me la va a pagar.
Escrito el 13 abril 2007 por amanda y clasificado como ,
Sé que no tenía que haberme enfadado de esa manera. Que, igual que otros temporales, podía haber capeado éste. Y, sin embargo, aquí estoy, andando, y sola, a casa. Por haber pedido que parara el coche y me dejara bajar. Pero es que aún hay cosas que no aguanto. Yo no soy responsable de sus errores, apenas si considero que lo sea de los míos propios, y, de ninguna manera podía prever que a la pequeña le diera tanto miedo el desnivel. La solución la tenía en su mano. Con no seguir subiendo nos hubiésemos evitado los lloros, la vomitona y, la consecuencia, mis gritos y mi tremendo cabreo. Pero no, una vez empezada la aventura, tenía que demostrarnos el agarre de las ruedas, la potencia del motor y la estabilidad de la carrocería. A pesar de lo claramente en contra que se le estaba poniendo la situación, el salirse con la suya era lo único que le importaba. Y, claro, me he tenido que enfadar. Un grito ha llevado a otro, los reproches han ido subiendo de tono y, a punto de explotar, aprovechando que, por fin, habíamos dejado el camino de montaña, y notando que la furia me ahogaba, bien agarrada a la mochila y con mi dignidad a cuestas, me he tenido que bajar.
Veía el pueblo muy cercano, y, suponiendo que no me iban a dejar marchar, que me estarían esperando en la primera esquina, con las alas que da la rabia, he pasado por ella tiesa como un palo, casi sin mirar. De frente, aunque de reojo me he dado pronto cuenta de que no estaban allí. El coche, alto y rojo, es difícil de camuflar. Es la primera vez que no lo hace, debo haberme enfadado más de lo que recuerdo, porque parece que no necesita hacerse perdonar. A la derecha está la calle en la que acaba el carril bici que sigue recto casi hasta la puerta de casa. Lo mejor será que lo coja directamente, porque a éstos ya sé que no los voy a encontrar. Hay que ver el ritmo que he cogido, apenas hace un momento estaba todavía en la entrada del pueblo. Tendré que ralentizar. Deben quedar unos cinco o seis kilómetros y tampoco me quiero agotar. Me duelen los pies, estas botas de montaña siempre me han venido un poco justas y seguro que, con el calentón que llevo, no sólo se me han hinchado los mofletes por la necesidad de tomar aire para resoplar. Y la falta de costumbre, que suelo ponérmelas sólo para aparentar. Podía haberme puesto las deportivas, pero quién se lo iba a imaginar. Lo malo es que mañana no podré ni caminar. Me prepararé un baño de sal cuando llegue a casa, aunque estoy segura de tener ampollas y todo.
Y el sol. Me he dejado las gafas en la guantera. Pero me he traído la cazadora puesta, creo que me la tendré que quitar. He sido un poco simple, podría haber dejado todo el peso en el coche, haber salido por piernas, aunque dándoles tiempo a que me convencieran de que volviese a subir. Es raro que no me hayan esperado. O no, nunca se sabe realmente cuando de él se trata. Pero la pequeña le debe haber insistido en que quería recuperar a mamá. No quiero imaginar lo que se habrán dicho, de qué manera la habrá convencido para llevársela a casa sin mí, que soy la que la distrae cuando vamos en el coche. Ya, claro, el paquete de gusanitos que acababa de sacar de la mochila para consolarla. Menos mal que me he quedado con la botellita de agua. Tengo sed y estoy cansada.
Debe ser ya la hora de comer, apenas si me he cruzado con dos o tres personas desde que he cogido este camino. Aunque suele estar transitado, porque la verdad es que da gusto, y yo lo disfrutaría si no fuera por lo que estoy pasando. Se nota el comienzo de la primavera por el aroma a azahar. ¡Qué acierto tuvieron al hacerlo pasar por aquí! Dicen que antes, hace muchos años, era la vía del tren, un recorrido de treinta kilómetros que dejó de tener clientes cuando, con el desarrollo, en cada familia se tuvo, al menos, un coche. Una lástima, porque el viaje, habiendo cambiado tan poco el paisaje, debía ser una delicia. Parece que el andar rodeada de tanta paz me vaya tranquilizando. No tengo hambre, a pesar de no haber almorzado. No, no voy a correr. Sólo faltaba que llegase a casa antes que ellos, que seguro que no han ido directamente. Y tener, encima, que poner la mesa y esperarles. No, no voy a correr. Es más, creo que voy a parar. A darle tiempo de que se sienta culpable, de que sufra pensando que voy a llegar sudorosa y reventada.
Aunque quizá me haya equivocado. Ahora que me he sentado, pienso en la estrategia. Lo malo de los enfados es que actúo sin reflexionar. En lugar de meterme en el carril bici, debería haber salido directamente a la carretera, y una vez allí, hacer auto-stop para llegar a casa, aparentemente contenta y fresca como una rosa. Pero ya es tarde, estoy aquí y apenas me queda la mitad de camino. Menos mal que no pasa nadie, porque entre el sudor, el cansancio y los lloros, debo estar hecha un adefesio. Pronto empezarán a salir, es la hora que aprovechan las mujeres para caminar, y no quiero que, ya tan cerca de casa, se me cruce nadie conocido. Así que otra vez a coger velocidad. Pero ésta juro que me la va a pagar. (Continuará...)
Rubia y con ojos verdes.
Escrito el 25 marzo 2007 por amanda y clasificado como ,
– ¡Que nadie toque la mecedora! Perdonadme, pero no soporto ver a nadie sentado en ella. La última vez a punto estuvo de quebrarse y es algo más que un simple recuerdo de familia.
Acostada, ahora, sintiendo la respiración de Alex a mi lado, durmiendo, como suele, sin que nada parezca afectarle, vuelvo a oír mi propio grito, que no he podido evitar esta tarde, viendo a los niños que, con la tarta de cumpleaños en manos, se acercaban a ella y temo que, algún día, no llegaré a tiempo de impedirlo. Y, en cuanto alguien se siente, crujirán las tablas que están sueltas, debajo de la viejísima alfombra, y querrá saber, maldita curiosidad humana, qué se esconde debajo de ellas.
Megan ya tiene casi diez años y yo sigo sin poder olvidarlo. ¡Cómo me enamoré del bebé que, tan incómodamente, transportaban aquella pareja de hippies en una vieja mochila! Era el cuatro de julio y no sé por qué ni de dónde vinieron. Alex enseguida intuyó que nos iban a traer problemas. Yo sólo pienso que ellos mismos, si hubiesen sabido que el ofrecimiento que nos hicieron iba a significar el final de su camino, quizá se habrían limitado a subir el precio. Alex no está de acuerdo con esa apreciación, pero tampoco es de los que discuten demasiado.
Nuestra casa no quedaba de paso, aunque tampoco eran propiamente de los que siguen los caminos convencionales. Quizá alguien les habló de nosotros, de mí especialmente, de las dificultades que tenía para quedarme embarazada y de lo mucho que, por otro lado, lo deseaba. La cuestión es que aparecieron cansados, sucios, y con la niña hambrienta a cuestas. Tan pequeña, tan rubia, tan indefensa…
Venían dispuestos a dejárnosla. Alex puso mil y un inconvenientes, porque no estaba seguro de que fuese, para mí, lo más adecuado. Estaban decididos, querían seguir su camino, sin el bebé a cuestas. Les quedaba mucho por descubrir y aquella niña no hacía más que ralentizar su velocidad. Al fin le convencí y, después de que la chica se recuperase y, a cambio de más dinero del que en ese momento podíamos permitirnos, Megan se quedó con nosotros.
Volvieron. Al cabo de un año justo volvieron. Era, de nuevo, el cuatro de julio. Yo no les esperaba, me habían parecido de esa clase de parejas que rompen el vínculo en la primera ocasión que se les presenta y, sabía que, por separado, jamás vendrían a reclamarla. Pero allí estaban los dos, juntos, más maduros, más limpios y menos cansados. Porque esta vez habían llegado, por el camino ya asfaltado, en una furgoneta que dejaron aparcada al otro lado de la valla del jardín y desde la que salía una música que me hizo fijarme en ellos. Al principio no les reconocí, pero las visitas ya no me resultaban extrañas. Megan dormitaba en el columpio que Alex había colgado para ella en el jardín, y se acercaron lentamente a observarla. Ella lloraba. A punto estuvo de cogerla en brazos, pero yo fui mucho más rápida. Aunque me lo imaginaba, todavía no sabía lo que pretendían, no sabía si habían venido a llevársela. Por supuesto que no se lo pensaba consentir, así que tuve que hacer planes a gran velocidad. Les invité a entrar, era lo único que me haría ganarme su confianza. Les ofrecí un café. Era justo lo que necesitaban.
Durante mi último embarazo psicológico, y en contra de todos los manuales que yo misma consultaba, el ginecólogo me recetaba, creyendo que no dormía bien, tranquilizantes que me ayudaran a pasar las noches relajada. Yo jamás me los tomé, porque sabía que podían afectar al bebé que, realmente, no esperaba, pero, como nunca ni él ni Alex me preguntaron, no se extrañaban de que, en cada visita, yo saliese de la consulta con una receta nueva que iba inmediatamente a canjear a la farmacia. Y allí estaban, en el armario, debajo de las sábanas. Con la excusa de acostar a Megan, subí a mi cuarto y, por si los necesitaba, cogí dos frascos que metí en el bolsillo de la bata. Sabía que no podía esperar a que llegase Alex y negociara. La decisión era mía, así que yo sola debía tomarla. Cuando bajaba las escaleras les oí discutir acerca de quién me lo iba a decir. Sí, venían por ella.
Cuando les serví el café, no se dieron cuenta de nada. Poco a poco fueron perdiendo la consciencia hasta que, mucho antes de que tuviese tiempo de arrepentirme, cayeron en un dulce coma. Pero en la cocina no los podía dejar, me molestaban con los preparativos de la barbacoa. Les tumbé en el salón, uno al lado del otro, esperando que anocheciera. Cuando, por fin, pude explicarle a Alex lo que realmente había sucedido, entre los dos decidimos cómo iba a ser su final. No estábamos dispuestos a esforzarnos demasiado, pero tuvimos que sacarlos, ya de noche, al jardín. Habíamos comprado muchas cajas de fuegos artificiales, teníamos todo preparado para una bonita, ruidosa y colorida explosión. Sólo tuvimos que depositar los dos cuerpos en el centro y añadir unos cuantos leños para que se convirtiese en una gran hoguera que acabase, para siempre, con nuestros problemas. Así lo hicimos. Ninguno de nuestros vecinos se extrañó de nuestra exagerada celebración, pues éramos considerados una familia bastante extravagante.
Cuando, a la mañana siguiente, recogí los restos, pensé en ofrecerles un último homenaje. Así que, antes de enterrar lo más evidente en un gran hoyo que había hecho la excavadora, en el que íbamos a construir una piscina, recogí parte de las cenizas y, de una manera simbólica, descansan allí, metidos en una caja de zapatos, debajo del suelo del salón. No quise volver a clavar los tablones que levanté para enterrarlos. La alfombra los cubrió los primeros meses, pero, en cuanto pude comprar la mecedora, la planté allí, como otros ponen una cruz encima de las tumbas.
Nunca le he hablado a Megan de sus padres, de sus otros padres. Aunque estoy convencida de que, en el cole, mucha gente ya le pregunta cómo, siendo nosotros tan oscuros, ella ha salido rubia y con los ojos verdes.
Moleskine, a diario.
Escrito el 16 marzo 2007 por amanda y clasificado como ,
28 de febrero. Ocho de la tarde.
Esta noche, dentro de un par de horas, empiezo con el nuevo curro. ¿Por qué estoy tan asustado, si todos me han dicho que es tan para simples que no tendrían que haberme dado, precisamente a mí, el puesto? Sé que no me voy a dormir, llevo demasiados años practicando el insomnio, o viviendo con las horas cambiadas, como dice mi padre. ¿A qué vienen, entonces, cuando tan sólo son las ocho, estos bostezos que no puedo evitar? Algo hay, al menos, que él y yo ganaremos. Que se acaben esas discusiones nocturnas que no nos llevan nunca a ninguna parte. ¿Por qué le noto, a pesar de eso, preocupado?
No tuvo ningún reparo en obligarme a presentar la solicitud cuando se enteró de que se iban a ofrecer esos dos puestos de sereno. Aunque en el ayuntamiento le den otro nombre, eso es lo que voy a ser a partir de esta noche, sereno. ¡Menudo carrerón para un licenciado en Historias! Vale, vale que lo de las clases particulares no me hubiera sacado nunca de la miseria, pero, al menos, podría haber esperado, sin ponerse tan nervioso, a que se convocase esa plaza de auxiliar de bibliotecario que en todas las campañas electorales promete el partido ganador. Pero no, supongo que en el taller le comieron tanto el tarro, que si qué hace por las mañanas el señorito, que si no es bastante con que le hayas pagado la carrera como para que ahora tengas que hacerte cargo de sus gastos, que si sale todas las noches el gandul…en fin, todas esas cosas que las personas de bien, con los hijos colocados, también en el taller, no comprenden de alguien que ha tenido otras aspiraciones.
Pues eso, que esta noche, dentro de un par de horitas, empiezo con el nuevo curro. Y que mañana me estará permitido, porque me lo habré ganado, no con el sudor, porque por las noches refresca, dormir hasta la hora de comer sin que nadie, aun sin palabras, me haga sentir culpable.
1 de marzo. Siete de la mañana.
Cuando he llegado a casa, mi padre me estaba esperando con un café recién hecho. Ha madrugado un poco más de lo normal para verme llegar, y yo no sé si se lo agradezco. Nos hemos tomado el café en la cocina, sin hablarnos, y luego él se ha ido a trabajar. Yo soy silencioso, siempre perdido en mis propios pensamientos, pero algunas veces creo que lo soy por las pocas veces que le he oído hablar. Conmigo, en realidad, sólo discute. Aunque quizá en eso estoy siendo un poco injusto.
Ahora son las siete de la mañana y no puedo dormir. No tengo sueño, ni estoy cansado. Antes de meterme en la cama he de estar sereno. Pero bueno, eso es casi un chiste, ahora, y para siempre, no necesito estar sereno. Soy sereno. Desde las diez de la noche de ayer soy sereno. Y todavía no sé muy muy bien qué es lo que eso significa.
En fin, en lugar de café me podía haber tomado un colacao. Pero creo que ni así. Me daré una ducha, y, si consigo relajarme, me acostaré. Si no, pues ya veré lo que hago.
2 de marzo. Seis y media de la mañana.
Después de dos noches tranquilas, hoy ya es viernes. Por lo poco que sé, acabó el calentamiento. Al finalizar la jornada, que me ha pillado un poco alejado de la base, han enviado un coche patrulla a buscarme. De momento nos tratan bien. Ellos, la policía local, son los que nos sustituyen en las horas diurnas, aunque posiblemente sea justo al revés, nosotros les relevamos a ellos por las noches, porque, me ha contado el guardia que me ha recogido, realmente su función no es, como la nuestra, básicamente lo que él ha denominado civil. Es por esa razón, porque ellos se creen investidos de una categoría que les impide, si no ser ‘buena gente’, sí, al menos, demostrarlo, por lo que el ayuntamiento ha recuperado, con el único fin de que ellos no se vean involucrados en esas labores únicamente de servicio al ciudadano, esta figura amable del sereno. Aunque yo pienso que no debe ser sólo por eso, pues, visto el panorama que se me ha permitido vislumbrar desde que, firmado el contrato, hicimos aquella especie de cursillo acelerado, se han recibido quejas por no haber sido debidamente atendidas algunas llamadas que se limitaban a pedir, de alguna manera, una simple y sencilla colaboración puramente humanitaria.
Me cuenta todas estas cosas mientras, despacio, me trae de vuelta desde la estación, a la que, como último servicio, he acudido acompañando a un chaval que, teniendo necesidad de coger el primer tren, no se atrevía a atravesar la ciudad que él creía absolutamente solitaria, y llena de peligros, ha añadido su madre, al despedirle sonriente viéndolo tan bien acompañado. Y no sólo me cuenta estas cosas, sino que me pone sobre aviso de que esta noche de viernes ya no será lo mismo. Con lo que no sé si inquietarme o, por el contrario, alegrarme. Porque, si he de pasar la noche en vela, prefiero, de verdad que sea, al menos, patrullando.
En fin…que hoy sí que estoy cansado. Desaparecida la ansiedad provocada tanto por el desconocimiento como por la novedad y, en un segundo plano, el descontento, me encuentro agotado. Ni café, ni ducha, ni colacao.
3 de marzo. Seis y media de la mañana.
Ocho horas de trabajo. Ocho pesadas, duras y largas horas de trabajo. Hoy teníamos a nuestra disposición unos teléfonos móviles y una furgoneta con el emblema del ayuntamiento en ambos costados. En unos días se ha corrido la voz de que servimos ‘civilmente’ al ciudadano y creo que han conseguido desbordarnos. Aunque quizá nos falte experiencia, con lo que no somos capaces no sólo de simultanear avisos sin importancia, sino precisamente de poder discernir cuáles de entre todos los recibidos son los primordiales. Hoy hemos sufrido las más burdas burlas de los noctámbulos, a la vez que nos hemos sentido premiados con el sincero agradecimiento de los realmente ayudados.
Esta noche no trabajo.
4 de marzo. Cuatro de la tarde.
Es curioso lo diferente que se ve un fin de semana cuando se trata del primero del que disfrutas si ya estás trabajando.
Los sábados por la noche no nos quieren de guardia a los serenos. No tengo muy claro si temen que nos metamos demasiado en su terreno o que, por el contrario, demostremos que son ellos los que no resultan, para según qué servicios, el cuerpo más adecuado.
Anoche decidí no salir. Me quedé a cenar y ver la tele con mi padre. Aunque no llegamos a mantener una conversación, le noté ese puntito de orgullo de tenerme, él también, colocado. Me preparó la cena y dejó que yo manejase el mando. Ante sus ojos, parece que es ahora, con el trabajo, cuando he dejado de ser un niño.
De camino a su cuarto, un rato después de haberme retirado, sentí su presencia al otro lado de la puerta. Supongo que, investido ya de la misma autoridad que él, habiéndome convertido, por fin, en un adulto, no necesitaba asegurarse de que todo estaba tranquilo. Pero lo hizo. Se quedó un momento escuchando.
5 de marzo. Siete de la mañana.
La noche de los domingos la ciudad está desierta.
6 de marzo. Seis y media de la mañana.
He de decirle a mi padre que me está gustando esta rutina.
Ya no se levanta para preparar un café y que nos lo tomemos juntos. Lo cierto es que, con nuestros distintos horarios, apenas si nos vemos, pero creo que todavía se siente algo culpable por haberme metido de cabeza en este trabajo, especialmente cuando oye que la gente se refiere a nosotros como ‘las niñeras de la noche’. Pero estoy decidido. He de decirle que deje de preocuparse, que tan sólo es un trabajo. Y, desde luego, no el peor al que, con su ansia de verme, de alguna manera, instalado, podía haberme arrojado.
¡ Y pensar que me había dado a mí mismo una semana de tiempo para dejarlo! ← Artículos anteriores
